miércoles, 7 de diciembre de 2011

EL NUEVO INQUILINO- diario paranormal del doctor y su hija Anabel

Mientras escribo estas notas, mis dedos tiemblan y mis bellos están erizados, como la espalda de un gato al cual acaba de presentársele un doberman con dudosas intenciones. No puedo evitar recordar al extraño inquilino, a ese imprevisible compañero de piso que logró echarnos, hace justamente un mes. No puedo evitar sentir escalofríos mientras una lagrima brota por mi mejilla, como un pantano que acaba de recibir un diluvio de emociones indescriptibles.
Sobre la casa en sí, prefiero hablaros, pero extenderme en sucesivos relatos, podríamos  decir que desde hace un año le alquilé la casa a un pariente del casero de Drácula. Allí hemos convivido con mi prima, el “as de las reformas” al cual le llamaré “Cacahuete” por no llamarle alguna cosa que emponzoña la lengua. Este divertido tipo, logró cambiarme el váter y al no medirlo bien me dejó el retrete colgando a un metro del suelo, y no tuvo otra solución que hacerme un trono de cemento con escalones. Si señor no soy ningún aristócrata pero a la hora de ir al servicio, mi trasero adquiere el nivel de un rey. Tener que subirme a un trono para hacer mis cosas da mucho que pensar, incluso de incluir una barandilla para las caídas, hasta poner una corona al lado del papel higiénico, porque si alguien al usarlo quiere imaginarse que anda en los lavabos de la corte del Rey Arturo. Pero no quiero que mi hija me vea así, porque eso es otra, la casa tampoco tiene puerta entre el baño y la cocina. Cosas de “Cacahuete”, que lo seguiré llamado así por no… ¡En fin, mucho en fin!.
No quiero extenderme, pero es imposible recordar la casa y no dejar que los dedos bailen hipnotizados sobre mi teclado, en otra ocasión os hablaré de la casa, pero cuando lo haga espero que no os canséis de leerlo, como yo de escribirlo. Vamos al grano, como diría cualquier pollo tomatero o cualquier chico pubertoso con acné alzando las yemas de sus dedos hacia su rostro. Puedo “humorear y humoreo”, desde la lejanía acompañado de mi hija, ya que soy incapaz de escribir esto si estoy solo. He tardado varios días en ponerme a escribir sobre los hechos insólitos que nos acontecieron, cercanos a la fecha de Hallowen. No sé si esto tendrá algo que ver pero parece tener relación.
Después de haber vivido un año en casa de cacahuete, volví a alquilar la casa sin que ellos ya no estuviesen, al entrar en la casa de dos plantas, en parte reformada, en parte derruida, decidí pasar con mi hija varios meses. Si la casa era extraña y siniestra cuando todos vivíamos allí, ya sin la vida que generaba mi prima, cacahuete y su hija, se tornaba oscura y silenciosa. 
Algo había cambiado, no es que no hubiese vida, más bien es que al irnos, había sido ocupada por otra vida. De todas maneras decidimos quedarnos todo agosto y septiembre. Lo pasamos “pipa” mi hija y yo inflando una enorme piscina para bañarnos en el patio, y excepto dos seres muy educados que solo ve mi hija Anabel y la saludan todas las mañanas, hasta el veinticinco de octubre no pasó nada  importante. Pero esa misma noche, ocurrió algo espantoso. Y mientras escribo estos renglones, me vais a permitir que haga una parada para secarme la lágrima que inició su camino en el rabillo del ojo, empujada por un sutnami de terror mezclado con sentimientos confusos, esa misma lagrima que inicio hace cinco minutos un corto periplo para cruzar mi mejilla y acabar en la punta de mi barbilla.
Cuanto me gustaría que mi humor me defendiese  del horror, pero las flechas  de cartón nunca sirvieron para matar dragones. A las diez de la noche  salimos  de casa para dar una vuelta por el pueblo, yo para despejarme un rato y mi hija Anabel para comprar su chuchería favorita: “huesitos de dinosaurio”.
Esta chuchería fabulosa puedes roerla con ahínco durante rato, y apostar tu brazo derecho a que ese gustoso hueso de caramelo, misteriosamente seguirá en tu boca dando placer a tu lengua. Tras das una buena vuelta y llenarnos los bolsillos de huesitos haciendo acopio para la noche, nos dirigimos sobre las once a la casa. La única cosa un poco fuera de lo normal que encontramos fue el extraño comportamiento de un gato que en la puerta de una casa, se acercó a Anabel para que lo acariciará, sin saber porque no sabemos porque señalaba la casa, seguramente la de su dueño o dueña. Ahora que lo recuerdo también nos salió al paso un hombre con un agaporni, en una ventana, intento vendérselo a Anabel, yo le contesté -Tengo dos en casa, véndame cuatro para que pueda al menos probar la media docena.
Al llegar a casa, pasamos por el oscuro pasillo que conecta una parte de una casa a la otra, para entrar en el destartalado comedor donde se halla la cocina. Después de comer, yo me dediqué a escribir, y observé un extraño comportamiento en mi hija, reconozco que algo raro pasa cuando se retrae sin motivos aparentes.
Sobre las doce fuimos a dormir, lo hacemos en el mismo cuarto aunque en camas separadas. Como se de lo que va “el tema” de mi hija, no me gusta dejarla sola y menos por la noche. Me metí en la cama y propuse a leerme un libro malísimo, receta infalible si te quieres dormir pronto, algún que otro clásico es muy aconsejable, “los pilares de lo que sea” o algún que otro rollo barato de conspiración templaria es magnífico para alcanzar e l limbo en cuestión de segundos.
Al cerrar la puerta del dormitorio, mi hija quedó petrificada ante el quicio de ésta mirando al exterior, era como su hubiese visto algo cual iba a darle un portazo, quedó inmóvil durante segundos, cuando se volvió nunca creía que mi hija, cuya piel resplandece bajo la luz de la luna pudiese alcanzar diez grados más sobre el blanco, diríamos que Anabel alcanzó el ultra blanco, y todo signo de matices desapareció de golpe. Las luces de la habitación empezó a fluctuar y un pequeño e intermitente zumbido acompañaba al ir y venir de las luces.
Atomaticamente yo sabía lo que quería decir  eso: “Había visto algo que yo no podía ver”. La siguiente pregunta fue: ¿Qué había visto mi hija acostumbrada ver todo tipo de imágenes fantasmagóricas, para que la asustase de aquella manera silenciosa?
Me pidió que saliera afuera para apagar la luz, otra de las incógnitas del rey de las reformas, era el motivo por el cual había dejado el botón de las luces por fuera. El resultado de esta incongruente instalación eléctrica, es que tienes que salir del cuarto apagar, recorrer a  oscuras el pasillo y el dormitorio, a tientas o con una linterna a mano.
Hice lo correcto no sin antes mirar con misterio y enojo la cara de mi hija, la cual me miraba con cara de corderito ocultando algo que sabía y no quería decir, tal vez para que su padre pudiese dormir tranquilo. No me hace ninguna gracia levantarme en calzoncillo de la cama para recorrer el frío pasillo, sabiendo que ocurría algo extraño, para luego volver y meterme en  la cama protegida por una mosquitera casera al igual que la de mi hija. Esta obra de ingeniería la construimos mi hija y yo al probar en nuestra propia piel una invasión de mosquitos procedentes de la sierra, los mosquitos ibéricos como yo los llamo, pican con toda su mala uva, en todo el verano probamos miles de cosas pero nos fue imposible repelerlos, el pueblo entero y los campings colindantes vaciaron a conciencia las farmacias de la zona.
A los cinco minutos de meterme en mi cama y darle las buenas noches a mi hija, note que una cosa rasgaba la mosquitera, esa cosa era ella.
-¿Papa puedo dormir contigo?- dijo ella con cara de miedo contenido.
-¿Dormir conmigo? ¿No tienes suficiente con tu cama?- contesté enojado-De acuerdo, pero no des la  vara, que quiero dormir tranquilo- le dije y me volví de nuevo mirando a sus ojos,.
Se había pegado a mi espalda como una lapa, parecía que algo la mantenía nerviosa. La miré por última vez, sabía que algo estaba pasando pero quería dormir ante todo y pase de preguntarle. No soy un cobarde, pero si tiene que decirme algo prefiero que lo haga a la luz del día.
A la mañana siguiente, transcurrió el día de lo más normal, mi hija y yo desayunamos, volvimos a encontrarnos en el comedor sin antes haber hablado de nada de lo que ocurrió la noche anterior. Ella se puso enfrente de mí con su menú sin gluten y comenzamos a hablar.
-¿Qué pasó ayer?- dije a mi hija.
-Mejor que no te lo cuente.- dijo ella
-¿Qué no me cuentes el qué?. ¿Que vistes al matrimonio de personas mayores que te dan los buenos días, un niño, un fantasma con pijama?- le pregunté varias veces.
-Al volver ayer de casa, cuando dimos la vuelta. Crucé este pasillo y a oscuras vi una cosa extraña, era un girón de tela invisible, lo travesé literalmente, no sabía lo que era. Pero atravesé eso-dijo con seguridad.
-¿Flotaba?- dije empezando a inquietarme.
-¡Si, no era lo que veo todos los días aquí, esto no tenía forma- me daba malas vibraciones- dijo y siguió coemiendo.
-¿Y…?- pregunté con mayor interés.
-Cundo estuve cenado contigo y después me puse a modelar con el barro mientras escribías…
-¿Qué…? Sigue….- dije empezando a enterarme de información que yo desconocía.
-Empecé a escuchar un grito desolador, muy fuerte violento… ¡Como si algo en mi oreja dijese un aterrador “NO”!- dijo ella mirándome y comiendo
-¿Solo un “no”? La comunicación no es lo suyo, sea lo que sea.-dije con atención.
-Ojalá fuese solo eso papá! Al girarme vi aquello que atravesé en el pasillo, pero esta vez tenía rostro- dijo con la cara parecida al color que tenía ayer.
-¿Qué cara?- dije interrogando por momentos.
Anabel comió de nuevo varias papas fritas sin contestar, pero al fin lo hizo.
-¡Era una cara en descomposición, no tenía labios y sus dientes sobresalían hacia fuera, los ojos, los tenían como cocidos sin pupilas, es lo más horrible y negativo que he visto hasta ahora… ¡Papá tengo miedo!- gritó su hija.
-Bueno Anabel, no hace falta que describas tanto. Ya Basta ¿ Y ese grito?.- dije convulso e inquieto.
El grito es como mil gritos dentro de uno. Hoy me pitan los oídos. Lo vi ayer al abrir la puerta, cuando apagaste la luz. Me metí en mi cama y al abrir los ojos allí estaba mirándome con sus ojos en blanco, sin labios, gritándome solo eso. No pude resistirlo, acudí a tu cama, ha estado toda la noche al lado mía gritándome.
-¿Por qué no me lo dijiste?- pregunté alzando la voz.
-Si te lo hubiese dicho, hubieras rodado junto con tu valentía escaleras abajo. Te conozco papá, eres el cómico más valiente que he visto, y el investigador paranormal más cobarde que he conocido.
-¡Chorradas! Hubiera mantenido mis nervios, e incluso nos hubiéramos ido si me lo hubiese pedido- dije levantándome de la mesa.
-¡Tengo miedo! Tenemos que irnos. No veo a esos amables ancianos, ninguno de los espectros que veo de todos los días se hallan aquí. No sé lo que es, quiero irme de aquí-empezó a excitarse.
-¿Por qué tengo que irme de aquí, por un tipo que tiene los ojos de una pescada de cualquier menú de restaurante?. Me he venido aquí para estar tranquilos hasta que pase el calor, y ningún ente sea lo que sea va a largarme aquí- dije con decisión como esperando que aquello de se enterase.
-¡Papá, es fácil decir eso cuando tu no lo ves! ¡Quiero irme de aquí, eso volverá esta  noche, lo sé! No me gusta, es como un tío pudriéndose, por su boca sin labio sale una espantosa negación que encierra miles de voces, no es uno son miles…
-Como si son… He venido a esta casa para descansar. Y no me voy por un tipo que tiene la cara de carne picada para albóndigas, yo soy más feo por las mañanas cuando trabajo y no me pagan… ¡Van a tener que currárselo para que me lar…!- dije si poder terminar la frase.
En ese mismo momento las luces de la casa empezaron a oscilar, y un bajón repentino de luz repentino nos dejó sin televisor, sin frigo, sin nada. Hemos vivido durante un año allí y no he visto ningún apagón como ese, se apagó lentamente como si la energía faltase. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, las luces y la mirada aterrada de mi hija, hicieron que recapacitase la opción, mientras las luces de la casa oscilaban y se apagaban dejándonos sin electricidad.
-¡Papá nos tenemos que ir, esta noche estaremos sin luz!-dijo casi mandándome.
-Eh, si…! Lo mejor será que nos vayamos! Terminaré de comer y nos iremos- asentí con la cabeza, lo fuese nos estaba oyendo.
Aunque parezca increíble, no solo fue la luz, no sé si sería casualidad o no, pero en un día soleado, las nubes hicieron acto de presencia, desde el preciso momento en que la luz de la casa se fue. Eran las seis de la tarde, y parecían las ocho y media. Como Anabel decía, el nuevo inquilino se apresuraba por echarnos, era el compañero de piso con más mal aspecto que nunca hemos tenido y espero nunca tener.
Al salir al exterior para mudarnos, ví de nuevo el sol, gente paseando y niños jugando, que chocante contraste, la felicidad del verano caluroso el frío del interior de la casa y del horror desconocido. Ninguna de las casas se le había ido la luz, solo a la nuestra. ¿Y desde entonces una pregunta da vueltas en mi cabeza como la llave de la casa en mi bolsillo… ¿Qué hubiese pasado si no hubiéramos quedado esa noche?. Mis dedos tiemblan sobre el abecedario de plástico, una lágrima corre por mi mejilla, mi espalda esta erizada, justo como el gato que saludó esa noche mi hija.

Conclusión:
El tal cacahuete rey de las reformas y señor del caos constructivo, no sé como  o hizo pero logró meter por error trescientos voltios a toda la casa, mi teoría es que esta es como una bombilla en medio de la oscuridad, la cual atrae con su enorme potencia diferentes tipos de energía, como la luz a las polillas, como el imán a las limaduras de hierro espirituales. En defintivas cuentas, no sabeis hasta donde un chapuzas puede ser peligroso.

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